Kratz tiene como objetivo crear un espacio de reflexión donde la música tiene el protagonismo. Pero no como un objeto del pensamiento, sino como su motor. La música ha sido olvidada tradicionalmente en muchos ámbitos de la teoría o considerada meramente como tema para aquellas disciplinas que se encargan de analizar los productos y creaciones artísticas. El objetivo -modesto y ambicioso al tiempo- de esta publicación es mostrar cómo pensar sobre música es abrir un diálogo de gran riqueza teórica entre ella y disciplinas de toda índole. Kratz, por tanto, pone en entredicho la frágil división entre temas, corrientes, movimientos y líneas de pensamiento. También critica que la reflexión deba ser solo para eruditos o teóricos encerrados en despachos en universidades que son el recuerdo de lo que podrían ser. Bajo la premisa de que todos nos hacemos preguntas, Kratz invita al lector, venga de donde venga, a que se las haga mientras lee, incluso contra sí mismo. Quiere hacer pensar, a músicos, a no músicos, a melómanos, a no aficionados: simplemente a todo aquel que no tenga miedo a preguntar(se) y al que crea que la música es siempre un reto irresoluble. Renuncia a definiciones coaguladas de la organización de lo sonoro y del silencio, que sería la música. Duda de afirmaciones totalizadoras. Asume que no vamos a llegar a ningún punto final, pero -como Baudelarie- eleva anclas e iza las velas hacia lo profundo, hacia lo desconocido. Kratz, del alemán, viene de arañar, rasguñar, molestar. Es provocativo: busca arañar, rasguñar, molestar las creencias y los lugares comunes de nuestros lectores. Porque otro de los posibles orígenes de la palabra viene de “Kratz”, es deicr, “Kraft”, que significa fuerza en alemán. Constata que solo se piensa con radicalidad desde la herida.
Cada número es diferente no solo en su contenido sino también en su forma. Creemos que la división entre ambos elementos no se da en ningún ámbito, por más que se haya forzado a ello. Por eso, el diseño cada vez se piensa según las letras, temas, motivos, gentes y oídos que se cruzan en la revista. No queremos convertir a nuestros lectores en coleccionistas (si ellos no quieren) ni perseguimos el fetichismo de lo único. Sino que queremos que el diseño sea también parte de la experiencia lectora. Que el signo de la escritura no copie el mundo abstracto de las ideas, sino que éstas se pongan en movimiento solo mediante el signo, que es trazo, imagen, sonido mudo, marca, huella. Quizá también otra herida.

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