No es sencillo justificar hoy día un evento de las características del Festival de Música de Canarias. Un festival de “alta cultura”, dirigido a una élite cultural, tiene difícil encaje en una comunidad con tantas carencias y desigualdades no solo en el ámbito cultural, sino en otros como el educativo, el laboral o el social. A pesar de esto, voy a abogar en este artículo por no desmantelar el Festival, pero sí por hacer una revisión profunda de sus objetivos, de su financiación y de su gestión. Es necesario un cambio de rumbo que pase por la modificación de sus tres pilares: La programación, la implantación en el territorio y la gestión.

 

El Festival nació con el objetivo, o al menos así nos lo han venido diciendo, de  promocionar internacionalmente la marca Canarias. En ese aspecto hemos de reconocer tanto el fracaso en alcanzar el objetivo como el error en el planteamiento.

 

En la mayoría de los países del mundo, incluidos algunos europeos, no se conoce el Festival de Canarias.  Sin ir más lejos, si se busca en internet el ranking de los mejores festivales de música clásica del mundo, o de Europa, no aparece el nuestro.

 

Algo no se ha hecho bien, porque tras treinta años de inversión y disfrutando de uno de los presupuestos más altos del mundo, el Festival tendría que ser mundialmente conocido.

 

Tal vez la realidad sea que, sencillamente, el Festival no nació para proyectar el nombre de Canarias en el exterior, sino para satisfacer las aspiraciones de un reducido círculo de personas que aspiraban a escuchar en casa a las mejores orquestas y solistas del mundo. Porque, no nos engañemos, el Festival de Canarias apenas vende entradas en los países centroeuropeos. No sería lógico, por otra parte, que los alemanes, que disfrutan de ciento treinta orquestas sinfónicas y cuarenta y siete teatros de ópera (sólo en Berlín hay la misma oferta de ópera que en toda España),  se fueran a desplazar a Canarias para escuchar a la Filarmónica de Berlín o para ver tocar a Ann Sophie Mutter.

 

Es preciso, para su sostenibilidad a largo plazo, que el Festival renuncie a sus delirios de grandeza y se adapte a las necesidades reales de la sociedad canaria y a la época presente. No se puede permitir que el Festival  gaste casi el diez por ciento del presupuesto para la cultura en Canarias y que sólo pueda tener acceso a las programaciones principales apenas un 0,3% de la población.

 

La programación de orquestas extranjeras tiene que desaparecer, porque no es tolerable que dispongamos de dos maravillosas orquestas en las islas y tengamos que seguir importando. Eso es un derroche inadmisible. Saldría casi más barato pagar el viaje al extranjero a todo el público que traer a todas esas orquestas desde puntos tan distantes del globo. Además, al menos la mitad de la programación tendría que constituirse con artistas  y creadores canarios, que hay más que suficientes, y muchos de ellos con grandes carreras internacionales. ¿Qué mejor manera de vender la marca Canarias que a través de sus artistas y creadores?

 

Además, el Festival tiene que adquirir un compromiso serio y responsable con la educación y la formación de nuevos públicos, tendría que trabajar la financiación pública y privada, y estudiar minuciosamente el impacto económico directo, indirecto e inducido.

 

Resumiendo: creo que es imprescindible reinventar el Festival, llenándolo de nuevos contenidos, y no sólo culturales, sino también educativos, sociales, identitarios y de cohesión… y por qué no: de promoción exterior de la marca Canarias.

 

Es necesario abrir las ventanas y que corra el aire. Nos merecemos un Festival de Canarias y de los canarios. Un Festival trasparente del que los ciudadanos conozcan todo sobre su gestión, cuál es su presupuesto real y a qué se destina. Y, sobre todo, qué resultados obtenemos con ello.

 

Canarias 7 23/04/2015
La Voz de Lanzarote 23/04/2015
Canarias Cultura 27/04/2015

 

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