Bernstein nació un 25 de agosto de 1918, en un (probablemente) caluroso Massachusetts. Hablar de su biografía es repetir muchos lugares comunes, pues su fama ha trascendido su muerte, el 14 de octubre de 1990. Pasó por casi todas las facetas musicales, pues fue un afamado director de orquesta (sobre todo al frente de la Filarmónica de Nueva York), un excelente divulgador (sus conciertos para jóvenes siguen siendo referencia para muchos que, como esta que escribe, creen en la importancia de hablar de música a todos, tengan formación o no), compositor y pianista. Pero, lo que más destacó en él fue su curiosidad por toda la música, pues no sólo conocía al dedillo buena parte del repertorio occidental, sino que también estaba fascinado por la llamada “música popular”, especialmente por la norteamericana. Esto, que parece una obviedad, no era (¡ni es!) evidente para todos los músicos de repertorio clásico, que suelen tener una posición elitista con respecto a la creación “pop”.

Para aproximarnos a su figura, vamos a aproximarnos a una de sus obras menos conocidas, Halil, de 1980. Es una pieza un tanto ecléctica, pues mezcla sonidos orientales, jazzeros, y de ese romanticismo-bandasonero de muchos compositores estadounidenses. Pero vayamos por partes.

La obra está dedicada a Yadin Tennenbaum, un estudiante de flauta iraní asesinado en 1973, en el Canal de Suez. Esto resulta fundamental para la comprensión de la obra, pues Bernstein se consideraba un compositor de teatro aunque no estuviera componiendo para escena. No se sentía cómodo con la música “abstracta”, sino que creía que siempre hay un trasfondo en la música, algo concreto que se narra (esta discusión fue clave en el siglo XIX, pues enfrentó a los defensores de la música “absoluta” -aquella no basada en un texto o idea de fondo-, como Brahms contra los de la música “programática” -con un texto o historia detrás-, como Berlioz).

Halil significa flauta en hebreo, y ya anuncia así el protagonismo de la flauta, junto al de la percusión y el piano.  No es la única pieza que compuso en referencia al mundo judío: Psalm 148, Reenah, Simchu Na, Four Sabras, , Hashkiveinu…

Se trata de un “Nocturno”, una forma difícil de definir porque hace alusión a una pieza de forma libre que tenga cierto aire melancólico. Les pongo varios ejemplos de nocturnos clásicos. Seguramente les sonará mucho este de Chopin, un clásico de aquellos que quieren ligar cuando se sientan delante del piano:

Con este se liga menos, pero concentrémonos ahora en notar cómo se relaciona con el anterior en su melodía como fluctuante, que parece que no tiene un destino…

Como verán, tienen poco que ver en apariencia con esta pieza, que comienza como in media res: la flauta se cuela, como un rayito de luz, entre un extraño ascenso de la orquesta (se trata de una serie dodecafónica, es decir, una organización no jerárquica de los doce sonidos del sistema de notación occidental). Y es más que ensoñador, como los otros Nocturnos, un tanto intrigante. Pero poco a poco sí que adquiere un tono un tanto onírico (por momentos tiene algo del sueño del fauno de Debussy)…

… aunque, en realidad, vuelve una y otra vez a un sueño misterioso, cercano a la música nocturna de Bartok, que creaba extraños mundos, como los que aparecen entre el sueño y la vigilia…

Lo del rayito de luz puede sonar algo cursi (prometo que no estoy influenciada por Los Diablos y su veraniego -trasnochado- “un rayo de sol uohoh”), pero representa bastante bien lo que quería conseguir Bernstein, aparentemente: mostrar que en todo conflicto siempre hay esperanza de reconciliación. Y eso lo hace, justamente, con la mezcla de estilos que nombré antes de pasada:

Halil no se parece formalmente a nada que haya escrito, pero es similar a mucha de mi música que lucha entre fuerzas tonales y atonales. En este caso, siento tal lucha como concerniente a las guerras y a la amenaza de las guerras, el deseo apabullante de vivir y la consolación del arte, el amor y la esperanza de la paz”.

Tras ese comienzo un tanto inestable, entre el sueño y la sombra, llega el luminoso 5:30, con un toque cercano al musical -sobre todo a Candide West Side Story-, donde hay un toque de ragtime y be bop. El Nocturno de Bernstein, sin embargo, pasa de la pesadilla al sueño. Quizá ahí está lo terrible de su pieza: que, por momentos, pasa -como el momento que abre este párrafo- por pasajes más bien ingenuos, que parecen no ser afectados por las turbulentas pesadillas que lo preceden y que lo siguen. Sucede, por ejemplo, a partir de 10:20, donde la flauta trata, en vano, de huir, y es capturada, una y otra vez, por la fuerza de la orquesta, que gana la partida en un episodio romántico, en 11:20, que tiene poco de consolador. Otra flauta, no la solista, toma el relevo, como si pudiese sustituir la voz solista: como si pudiesen sustirtuirse a los muertos de las guerras, devenidos mero número. El final, 13:07, es un claro homenaje a la Novena Sinfonía de Maher, que muchos relacionaban ya desde su estreno, apenas un año antes de fallecer Mahler, con la muerte. Pero no es una despedida, como supuestamente en Mahler, sino la constatación -en 14:02- de que el derecho a la despedida se le fue arrebatado a Tenenbaum para siempre. Y así cierra la obra la flauta, que se apaga para siempre.

About the author

Marina Hervás, nace en Tenerife en 1989. Es licenciada en Filosofía (Universidad de La Laguna, 2011) e Historia y ciencias de la música (Universidad de La Rioja, 2014), Máster en Teoría e historia del arte y gestión cultural (Universidad de La Laguna, 2012) y doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) con una beca FPU. Posee el grado medio de violín. Ha obtenido el Primer Premio en CC. SS. y Humanidades del Certamen Nacional de Investigación «Arquímedes» convocado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España.

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