¡Feliz vuelta al cole! O adonde quiera que hayan vuelto después de agosto. Con motivo de una historia personal, me he inspirado para el tema de esta semana. Como se imaginarán, he ido al dentista. Estoy bien, salvo las molestias esperables. Mientras me hurgaban entre mis dientecillos, sonaba música de fondo. Supongo que todos habrán experimentado esto, si no en el dentista (¡oh, afortunados!) sí en un centro comercial o llamando a su teleoperador. Y también en situaciones en las que, si fuese real, no habría música, como en el cine o los anuncios. La música de fondo, que no le hacemos mucho caso pero notamos si no está, es lo que se denomina “muzak”, en honor a la empresa que comenzó a poner música en los años 30 en los ascensores: el ruido que hacían asustaba a los usuarios.

Es una evidencia que la música nos predispone. En tiendas de ropa para jóvenes, cuando entramos parece que estamos en un after hour por la música atronadora. Supuestamente, nos hace sentirnos muy guays y muy a la última.  Si entramos a una tienda de ropa muy cara (si nos dejan entrar, yo ni lo intento) habrá música clásica  o jazz. ¡Sí, igual que en un restaurante caro! Es que esa música nos ayudará -por si no lo teníamos muy interiorizado- a sentirnos especiales y de un status culto. En el despegue y aterrizaje de un avión, casi seguro que habrá música relajante. Algunas compañías aéreas, al aterrizar, ponen música alegre, como para celebrar que todo fue bien.

Ahora que ya hemos entendido lo que es el muzak, vamos a pensar sus consecuencias. Sé de buena tinta que la mayoría de nuestros lectores se identifican más con la música tonal que la atonal. ¿Qué es eso de la música tonal? Es aquella que se utilizó en el mundo occidental de forma habitual y exclusivamente desde el siglo XVI hasta el XX. Consiste, básicamente, en la organización jerárquica de los sonidos. Por eso, por ejemplo, decimos que una obra está en Do mayor o en la menor. Do Mayor, entre otras cosas, les dice a los técnicos que la nota más importante es el do, y la siguiente es el sol, etc. En el siglo XX, sin embargo, muchos compositores comenzaron a poner en duda la legitimidad de esta jerarquización del sonido y a pensar en alternativas sonoras. Algunos dicen que no es natural, que suena raro, etc. Les voy a poner dos ejemplos para que vean lo uno y lo otro. Ahí va la música tonal:

Y la no tonal:

Me imagino la reacción al escuchar una y otra. Algunos dirán: ¡claro, es que si me pones la segunda obra en una tienda, me daría miedo o, al menos me generaría desasosiego! Otros, menos amables con el pobre Luigi Nono, dirán que es que es “horrible” o algo así. Me gustaría llevarles a la siguiente reflexión: ¿no creen que es más fácil que nos guste aquello que hemos escuchado desde siempre (y cuando digo desde siempre, puede ser literal. Puede que algunos hayan sido de esos fetos oyentes de Mozart for babies)? No estoy entrando en juicios de valor de si la música tonal es mejor o más natural o más interesante que la atonal. Solo digo que es muy casual que nuestros gustos y reacciones coincidan literalmente con lo que el modelo industrial ha diseñado para que nos guste.

No es una conspiración: los efectos de la música sobre el cerebro y sobre la productividad de los trabajadores es algo estudiadísimo. Hay una frase que escuché por ahí y que me parece esencial para entender nuestro mundo: cuando algo se nos da gratis, normalmente nosotros nos convertimos en el producto. Y eso pasa con la música de fondo. Que nos invita a visitar determinados estados de ánimo que influyen en cómo y qué compramos. Es una música, además, que algunos consideran antimúsica, pues precisamente está pensada para no ser escuchada. De hecho, estoy convencida de que muchos no recordarán qué sonaba en su última compra en un centro comercial. Y les aseguro que había música.

Con esto no hay que ponerse moralistas, como ha sucedido en la mayoría de las posiciones críticas: por un lado, se habla de banalidad de la música y, por otro, del control social. Comparto, por el contrario, la lectura de Simon C. Jones y Thomas Schumacher, que analizan este fenómeno desde la filosofía de M. Foucault y Th. W. Adorno. Lo que plantean ambos es que todo conocimiento está relacionado con el poder. Ya sea con el poder de controlar la naturaleza, las mentes humanas, la economía o la política. No se conoce sin más. Los modelos de clasificación y organización del mundo generaron sus propios productos y espacios, como analiza Foucault con los hospitales, las prisiones o las escuelas. Frederik Taylor (padre intelectual del taylorismo) lo tenía bastante claro cuando comenzó a pensar en modelos de mejora de la productividad en las fábricas, analizando cada una de las fases del trabajo. Como señalan Jones y Schumacher, ya en 1937 se contaba con estudios en los que se planteaba la música como opción para eliminar el aburrimiento en los trabajos repetitivos. Y ahí estaba la BBC con animosa “Música para el trabajo”:

Podríamos seguir con ejemplos, pero lo que quiero que vean es que se comenzaron a desarrollar análisis en los que vieron que cuánto más se sabía sobre la música, más control social se podría ejercer. Ya sabían que la música estimulaba a la producción. Pero también se dieron cuenta de que no podía ser muy variada si no querían que se distrajeran en exceso. Por eso, tenía que calmar y motivar a la vez. De esta manera, comenzaron a desarrollarse fórmulas que el cerebro, poco a poco, interioriza y conoce. Así que lo que espera es que satisfacer el conocimiento adquirido con su confirmación. Si piensan en la industria de la música popular, verán que casi todas las canciones se parecen un poco: muchas siguen fórmulas de lo que ya gusta. La profesora Sofía Martínez  Villar nos hizo notar en un curso de verano cómo, por ejemplo, el hit “Despacito” se parece, especialmente en la demora en las palabras del estribillo, al éxito de los 90 “Mayonesa”. Si prueban a bailar “Despacito” con la música de “Mayonesa” verán que cuadra estupendamente. Uno de los colectivos que empezó a desarrollar esta “música intercambiable” a nivel constructivo fue el Tin Pan Alley, un grupo de productores y compositores. Casi cualquiera de sus composiciones podrían servir de banda sonora de películas en blanco y negro:

Como nos cuentan Jones y Schumacher, poco a poco la letra se fue eliminando. Jane Jarvis, una de las directivas de Muzak, señaló que “en el momento en que se usa texto, comienza el pensamiento contemplativo y la gente genera opinión”. Ahora es un poco diferente: lo estamos viviendo con la música con contenido machista. Muchas chicas dicen que no les importa el contenido porque lo que les importa es el ritmo.  La música de fondo, entonces, intenta hacernos que dejemos de pensar. Por si acaso. Y así repite el dictum de la música es “solo” bonita o relajante.

El silencio nos inquieta. Así lo explica Pascal Quignard:

“Hasta los reservorios de silencio que son los espacios de oración
en el mundo occidental, particularmente las iglesias y las catedrales
cristianas de roto católico, fueron dotados de bandas sonoras que
intentan acoger al visitante y evitar la angustia del silencio, y también, lo que es más paradójico, arrancarlo a la posibilidad de la plegaria”.

Ya decía Ángel González que la música es peligrosa. El poder siempre ha sabido aliarse con ella. Mi propuesta: a más poder, oídos más abiertos.

(Y cierro, de nuevo, con Quignard)

“La música viola el cuerpo humano. Pone de pie. Los ritmos
musicales fascinan los ritmos corporales. Contra la música, el oído no
puede cerrarse. La música es un poder y por esto se asocia con
cualquier poder. Su esencia es no ser igualitaria: vincula el oído con la
obediencia. Un director, ejecutantes, obedientes, tal es la estructura
que su ejecución instaura. Donde hay un director y ejecutantes, hay
música. En sus relatos filosóficos, Platón jamás pensó en distinguir la
disciplina y la música, la guerra y la música, la jerarquía social y la
música. Hasta las estrellas: según Platón, son Sirenas, astros sonoros
productores de orden y universo. Cadencia y compás. La marcha es
cadenciosa, los garrotazos son cadenciosos, los saludos son
cadenciosos”.

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About the author

Marina Hervás, nace en Tenerife en 1989. Es licenciada en Filosofía (Universidad de La Laguna, 2011) e Historia y ciencias de la música (Universidad de La Rioja, 2014), Máster en Teoría e historia del arte y gestión cultural (Universidad de La Laguna, 2012) y doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) con una beca FPU. Posee el grado medio de violín. Ha obtenido el Primer Premio en CC. SS. y Humanidades del Certamen Nacional de Investigación «Arquímedes» convocado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España.

3 comentarios

  1. Casandra Responder

    Gracias! Me gusta que se trate este tema pero tengo la impresión de que aquí se deja a la música como Karl Marx dejaba a la religión, el opio para el pueblo.
    Escuchar y oír no es lo mismo. Escuchar es estar presente y entender qué ocurre. Oír es como adornar involuntariamente nuestros estados de ánimo. Hay músicas que si se escuchan no son soportables, no ofrecen nada. Sin embargo al oírlas te marcan el ritmo de los pensamientos. Hay músicas también que curan… Podemos dar la vuelta al mundo y encontraremos una gran cantidad de pueblos que aún la emplean con este fin. No debemos olvidar la musicoterapia en nuestro territorio occidental.

    La música es un lenguaje pero su meta no es siempre aborregarnos. Así que escuchemos y saldremos ganando si o si.

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