Me imagino que a ustedes les parecerá muy normal ir al Auditorio o teatro de su zona -si es que lo hay- a escuchar música (clásica o de la que generalmente se engloba como “culta”). Pero, después del concierto, o al día siguiente, o en otro momento, quizá se halle usted con una jarra de cerveza -o un gin tonic con eneldo y cerezas, dependiendo de lo hípsters que nos pongamos- escuchando a una banda de rock o a un grupo de jazz. Es todo muy normal, pero esconde algunos secretos sobre las relaciones entre música y poder. Algunas de estas ideas -por cierto- son tomadas de Cómo funciona la música, de David Byrne, para el que quiera explorar más sobre el asunto.

El primero de ellos, es que no es baladí que la música clásica -o “culta- se escuche en espacios como los auditorios. Los/as arquitectos/as en la sala dirán que es la mejor formación para la acústica. Vale. Pero da la casualidad de que los conciertos no se hacen al aire libre, como en los anfiteatros (que no creo que nadie se atreva a decir que tienen mala acústica), sino en espacios cerrados. Claro, por los instrumentos, porque con los cambios de tiempo se estropearían. Bueno, esto puede ser si llueve. Pero desde luego el aire acondicionado también los afecta. De hecho, cuando escuchamos viento desafinado en una orquesta, suele ser por el aire acondicionado, del que no sabemos prescindir. Hay dos cosas que nos llevan a cerrar los auditorios, además: por un lado, la relación con la caverna, donde se llevaban a cabo los rituales y donde se anula el ojo en la oscuridad. Por otro, la anulación del individuo que, de la misma manera en la que nos encanta “sepultarnos y apretujarnos en las oscuras salas de cinematografía” (en palabras de Pascal Quignard), llevamos haciendo desde tiempos inmemoriales. Convertirnos en masa que ve o que oye. Elias Canetti, en su libro Masa y poder, nos habla de las “masas invisibles”. Nos cuenta que “en cualquier parte de la tierra en que haya hombres encontramos la idea de los muertos invisibles. Quizá podría hablarse de ella como de la idea más antigua de la humanidad”. Todos los muertos moran juntos, ya sea en el bosque, en el cielo, o en las cavernas. Esa idea subyace a la de masa viva, que se diluye en el objeto artístico, que es lo que deseaban los románticos extasiados en su síndrome de Stendhal (ese en el que te da un chungo si observas algo muy bello). La caverna ha sido santuario, del misterio, de la luz y la sombra, y también un lugar de voces y sonidos retumbantes de cuerpos que el ojo no puede ver. Así surgen los auditorios y por eso la música clásica, entre otras cosas, tiene aún ese halo de lo sagrado que deberíamos intentar restarle.

Entonces usted se va al bar y escucha a esos grupos y charla y liga o lo que sea. O sea, que a veces escucha la música y otras la oye. Claro, es que ya ha ido al concierto, ahora no va a estar concentrándose en ese otro concierto, porque además sus amigos le dirían que si esta mustio o si se ha puesto intenso de repente con esa versión de Deep Purple. La música solo comenzó a ser verdaderamente escuchada, o al menos en el sentido de concierto que manejamos hoy, en el siglo XVIII. Peter Szendy, en su libro Escucha, da un excelente ejemplo de este cambio. En la escena 13 del II acto de Don Giovanni, de Mozart, se ve como la música era un asunto de fondo para burgueses -otrora aristócratas-  que “querían divertirse”: y es que Don Giovanni le dice a su sirviente:

Già la mensa è preparata.

Voi suonate, amici cari!

Giacché spendo i miei danari,

Io mi voglio divertir.

 

Osease

Ya está preparada la mesa;

¡Tocad, amigos míos!

Ya que gasto mis dineros,

me quiero divertir.

Y lo que hace Mozart, inteligentemente, es hacer un popurrí. Lo que se oye en el minuto 1:07 es un fragmento del aria del acto I, escena 18 “O Quanto Un Sì Bel Giubilo” de la ópera Una cosa rara del compositor Martin i Soler, hoy poco conocido dentro del repertorio pero famosillo en la época de Mozart.

Pero como Don Giovanni es un caprichoso, enseguida Leporello “cambia el disco” (Szendy habla de ellos como djs, aunque bien podría ser yo misma en un coche, que no dejo que ninguna canción termine).Y en el minuto 2:42 comienza a sonar Como un’angello, un aria de Fra i due litiganti il terzo gode, de Sarti. En 2:53, de hecho, Leporello lo explicita con un “¡Viva los litiganti!” una música que se supone que Mozart conocía bien, pues se le atribuyen a él las varaciones sobre el aria:

Pero Leporello sigue cambiando y así Mozart… ¡se cita a sí mismo! En 3:17, comienza a sonar la música del aria Non piu andrai, farfallone amoroso, de Las bodas de Fígaro. Lo que aparece aquí es interesante por varios motivos: primero, porque Mozart nos hablaba de la existencia de un repertorio conocido por él y por el público potencial de su época. Segundo, porque está adelantando la escucha por hits, es decir, basada en grandes éxitos que asegurarán la conexión emocional del público. Lo que no sabemos, aunque es probable, es si Mozart quería burlarse de esa forma “fraccionada” de escuchar música, que también se estilaba en la ópera. De hecho, que casi todas las obras empiecen con unos acordes no es solo una cuestión de estilo, era para indiciarle al público, entretenido en comer, beber y establecer lazos sociales o empresariales, atendiera a aquello.

Incluso aunque parezca que no hay acordes, terminan apareciendo para los despistados. Como ven, es una forma de traducir las llamadas al orden de las cornetas a la música:

Solo la escucha más moderna, de obras y espacios en los que la gente ya sabía que se tenía que callar y atender, o que lo importante es deleitarse, permite a los compositores hacer lo que les da la gana con la dinámica, como en la Incompleta de Schubert, en los que si no hay un silencio absoluto no se oirá a los contrabajos, que inician la obra:

Que la gente hiciera caso de lo que estaba pasando, así como la democratización del acceso a las salas (si podías pagarte la entradas, podías ir al concierto -¡e incluso disfrutarlo!-, sin importar clase, etnia, género o quién sabe qué otra clasificación), entonces, es lo que hizo que las orquestas se hicieran más grandes y que se pudieran hacer más efectos. Es la historia social de los formatos. El grabado no se desarrolló solo porque el ojo y el gusto se fue educando hacia él, sino que las casas modernas ya no tenían techos tan altos y, por tanto, tanto tenían menos espacio para poner grandes cuadros. Y claro, también afectó que los pintores dejasen de ser artesanos. Ahora eran artistas y había gente que quería, de verdad, ver el detalle de lo que sabían hacer. Así que se dedicaron a lo pequeño.

Pues básicamente eso es lo que pasa cuando usted va a su bar, como le decía. La separación ya centenaria entre música “culta” y “ligera” o “popular” hizo que se “descuidaran” las salas para la segunda. La gente iba allí, sobre todo, a divertirse, y no a hacer un ejercicio de concentración y deleite espiritual. Así que la música de los bares, cumplía una función: cooperar en esa diversión. Si la gente habla y pide copas -que a veces se caen- y se mueve, no se puede oír bien. Así que cada vez se incluyó más instrumentos de viento metal (trompetas, por ejemplo) y se eliminaron o redujeron los “acústicos”. En la era de la amplificación, todo debe amplificarse, incluso los instrumentos que no están pensados para ello. Si no, habría una gran descompensación de volumen sonoro. Y eso tampoco nos gusta.

¿Y han pensado porque las canciones pop standard duran alrededor de tres minutos? Porque eso era lo máximo que se podía conseguir en los discos de gomalaca, es decir, lo de gramófono. ¿Y saben por qué se comenzó a improvisar? Porque con esos tres minutos, cortaban el rollo de los bailarines, así que se alargan los “standards” de jazz con variaciones melódicas pero no rítmicas (la evolución del jazz cambió también esto)…

¡Ah! ¿Y no les parece, por cierto, que los bares también son un tipo de caverna, oscuros y misterioros, donde también lo más importante es el oído (esto lo saben los que ligan con alguien y al día siguiente se dan cuenta de que la noche engañó su vista…), donde también se llevan a cabo ciertos rituales…? Algo de eso sabían los Beatles, que comenzaron gracias a sus actuaciones en The Cavern… (vale, esto es un poco exagerado, pero cerraba muy bien esta brevísima historia social de las salas de música)

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(Aunque… fíjense en la foto… Todos tan sentaditos, tan modositos, tan como si estuviesen en un concierto de música clásica al uso. ¡Y ya estábamos en los sesenta! ¿Sería porque bailar eso no era moral, era aburrido, poco de moda? Solo cuatro años más tarde, los Beatles eran casi inaudibles debido a la masa de fans gritando. Muchas de las fotos de los conciertos a partir de la mitad de los sesenta es con gente… ¡tapándose los oídos!, incluso gente top de la clásica como ¡Leonard Bernstein! Entonces, si no iban al concierto a escuchar, ¿a qué iban? ¿Será que con los Beatles comenzó la historia del postureo?)

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About the author

Marina Hervás, nace en Tenerife en 1989. Es licenciada en Filosofía (Universidad de La Laguna, 2011) e Historia y ciencias de la música (Universidad de La Rioja, 2014), Máster en Teoría e historia del arte y gestión cultural (Universidad de La Laguna, 2012) y doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) con una beca FPU. Posee el grado medio de violín. Ha obtenido el Primer Premio en CC. SS. y Humanidades del Certamen Nacional de Investigación «Arquímedes» convocado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España.

2 comentarios

  1. Elena M

    Sigo con mucho gusto cada publicación semanal, y aunque alguna vez me gusta o entiendo más que otras, aprecio mucho que me hace aprender, reflexionar y despertar mi curiosidad por conocer más sobre música. Gracias y hasta la próxima!

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